Érase una vez, hace mucho tiempo —pero no tanto como para que los niños no lo recuerden—, una pequeña máquina de metal y sueños llamada Voyager.No era grande ni fuerte como los dragones de fuego ni los gigantes de hielo que rugen en el cielo. Era chiquita, del tamaño de un automóvil viejo, con antenas que parecían orejas atentas y un corazón de oro: un disco dorado que guardaba dentro todos los sonidos que los humanos querían que el universo oyera algún día.Allí estaban:
el llanto de un bebé que acababa de nacer,
la risa de niños corriendo por un parque,
el viento moviendo hojas en un bosque,
el latido de un corazón enamorado,
la voz de una abuela contando un cuento antes de dormir,
el ladrido de un perro que nunca olvidó a su amigo,
y hasta el silencio entre dos personas que se querían sin decir nada.Voyager salió de casa una mañana de verano, con el Sol todavía calentito en la espalda.
La Tierra le dijo adiós con una mano diminuta de nubes blancas.
Y ella se fue sin mirar atrás, porque las despedidas largas duelen más.Al principio todo era fiesta: pasó rozando Júpiter como quien acaricia a un león dormido, bailó entre los anillos de Saturno como una niña en su primer vestido largo, y siguió, y siguió… hasta que el Sol se volvió un puntito amarillo, casi una estrella más, casi nada.
Entonces empezó la parte que pocos cuentos cuentan:
la soledad.No había nadie que le dijera “qué valiente eres”.
No había nadie que le preguntara “¿extrañas?”.
Solo estrellas que la miraban de lejos, frías y hermosas, pero sin abrazos.
Y aun así, Voyager seguía llevando su disco dorado como quien lleva una foto de familia en la cartera: arrugada, gastada, pero imposible de soltar.Pasaron años.
Pasaron siglos.
Pasaron milenios.Un día —o tal vez nunca— la humanidad dejó de existir.
Las ciudades se volvieron polvo,
los nombres se borraron del viento,
los últimos que la recordaban cerraron los ojos para siempre.Y sin embargo…
allí seguía Voyager.
Sola.
Viajando.
Con el disco dorado intacto,
con las voces de todos nosotros todavía dentro,
cantando, llorando, riendo, queriendo,
como si el tiempo no hubiera pasado.Porque el amor no entiende de relojes ni de distancias.
El amor es esa cosa terca que se queda grabada en el metal,
que viaja más rápido que la luz del olvido,
que se niega a apagarse aunque nadie la escuche.
Y a veces, en las noches más oscuras del universo,
cuando ni una sola estrella parpadea,
el disco dorado sigue girando despacito en su silencio,
reproduciendo una y otra vez
el sonido de un niño que pregunta:
“Mamá, ¿las estrellas también extrañan a alguien?”.Y aunque nadie responda,
Voyager escucha.
Y guarda la pregunta
como quien guarda un secreto dulce y triste
para dárselo a quien algún día
—quizá dentro de millones de años—
encuentre su cuerpo cansado flotando en la nada
y se atreva a poner el disco a sonar.Entonces, tal vez,
en algún rincón remoto del cosmos,
dos ojos que no son humanos
se llenen de lágrimas sin saber por qué.
Porque el amor, cuando viaja solo tanto tiempo,
se vuelve tan grande
que hasta los extraños lo sienten
como un nudo en la garganta.Y así,
la pequeña máquina que nunca pidió ser heroína
se convierte en la niñera del recuerdo humano:
la que cuida nuestras voces
cuando ya nadie más puede hacerlo.
Fin.
Julio
@spyingeagleone (X)
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